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El fotógrafo sudafricano Kevin Carter fue el autor de una de las fotografías más escalofriantes de la historia de la humanidad.

Gran parte de la opinión mundial le criticó el hecho de que no socorriera al niño de la foto y que se preocupara más de inmortalizar ese terrible momento. El fotógrafo llevaba muy mal todas esas críticas y acabó suicidándose el mismo año que ganó el premio Pulitzer por dicha foto.

Sin embargo, la situación no era tan dantesca como se aprecia en la foto. El niño llevaba una pulserita de la ONU y estaba en un campo de refugiados de dicha organización. De hecho, los padres del niño estaban a unos pocos metros.

El niño se encontraba cerca de un vertedero donde los residentes del campo de refugiados hacían sus necesidades. En dicho vertedero solían rondar los buitres.

El caso es que mientras la opinión pública daba por muerto al niño, la verdad es que dicho niño sobrevivió a la hambruna que azotaba su país y se recuperó.

Unos periodistas siguieron la pista años después para tratar de averiguar el destino que había corrido el pequeño. Finalmente encontraron a sus padres y fue el mismo padre quien confirmó que su hijo (el niño de la foto) murió a causa de unas fiebres a la edad de 17 años.

Este caso es un ejemplo de cómo la opinión pública puede formarse una idea errónea a partir de una imagen y permitirse el lujo de prejuzgar cruelmente sin conocer los detalles de la historia. La sociedad estaba muy equivocada al respecto, tan equivocada que todos los medios de comunicación dijeron que se trataba de una niña (cuando en realidad era un niño, Kong Nyong).

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